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viernes, 28 de marzo de 2008

José Antonio Marina: "Dos dominios que no deben confundirse"

[Este es el artículo de José Antonio Marina sobre la ciencia y la religión publicado el pasado domingo 23 de marzo en El Mundo del Siglo XXI]

A finales del siglo XIX se extendió el certificado de defunción de las religiones, aniquiladas por el poder de la ciencia. Fue, sin duda, una sentencia precipitada, porque las religiones gozan de buena salud. Los choques entre la razón y la fe continúan. Sin embargo, esas conflictivas relaciones surgen de una confusión de dominios. La ciencia se basa en argumentos racionales, comprobaciones metódicas, pruebas documentales o experimentales y su valor es universal. Las religiones se basan en la fe, en experiencias individuales -aunque pueden ser compartidas por grandes colectividades-, y su validez es privada. Decir esto no es atacar a las religiones, ni privarlas de su derecho a actuar públicamente.

Se trata de una afirmación acerca de la validez de las afirmaciones. La verdad de la religión cristiana, musulmana, hinduista, o animista, es válida sólo para los fieles de cada una de esas religiones, lo que no significa que éstos no puedan explicarla, manifestarla, tener cultos públicos, siempre que cumplan con la legalidad.

La separación clara de la ciencia y la religión evita problemas. El 25 de agosto de 1981 el Consejo de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos publicó la siguiente resolución: "La religión y la ciencia son ámbitos separados y excluyentes del pensamiento humano, y su presentación conjunta en el mismo contexto da lugar a que se comprendan equivocadamente tanto las creencias científicas como las creencias religiosas". Muchos científicos han sabido hacer compatibles en su vida personal ambos dominios, como ha expuesto Antonio Fernández Rañada, un estupendo físico español, en su libro: Los científicos y Dios. La ciencia no tiene nada que decir acerca de la fe, mientras ésta no pretenda hacer afirmaciones científicas, y la religión no tiene nada que decir a la ciencia. Un ejemplo: los relatos sobre el origen del mundo.

Si alguien cree que la aparición del universo es el acto de amor de un Padre creador, se mueve en un terreno religioso, que no colisiona con la ciencia. Pero si dice que el mundo se creó en seis días, y se quiere dar a esta afirmación un valor científico, no merece el menor crédito. Durante muchos años, la teoría darwinista se consideró un atentado contra la religión, y algunas iglesias se empeñan en desacreditarla, diciendo que no es un hecho sino una mera teoría, y proponiendo la teoría del "diseño inteligente" como un intento de utilizar la complejidad biológica para probar de la existencia de un Dios sumo relojero. Les recomiendo la lectura del libro de un biólogo, Francisco J. Ayala, que fue presidente de la American Association for the Advancement of Sciencie, titulado Darwin y el diseño inteligente, en el que estudia cómo pueden explicarse evolutivamente los mecanismos archicomplejos del ser humano. Saca la paradójica conclusión de que es precisamente la teoría del diseño inteligente la que es ofensiva para una persona religiosa, a la vista de sus evidentes imperfecciones.

Nuestra columna vertebral no estaba diseñada para la posición bípeda, y la pelvis de la mujer no estaba diseñada para dejar paso a una cabeza tan grande como tienen los bebés humanos. Parir con dolor no fue un castigo por el pecado original, sino un accidente producido por el aumento evolutivo del cerebro humano.

La ciencia puede y debe estudiar las religiones desde fuera, como fenómeno psicológico, sociológico o histórico. Pero conviene no mezclar las cosas. Los avances de la llamada "neuroteología" son muy limitados. Todo lo que piensa el hombre -por ejemplo, una demostración matemática- deriva de una serie compleja de disparos neuronales, pero su corrección no depende de la fisiología, sino de la lógica. En Dictamen sobre Dios he expluesto con más detenimiento ideas que por la brevedad de este espacio han de quedar forzosamente imprecisas.

José Antonio Marina es filósofo. Su último libro es Las Arquitecturas
del deseo (Anagrama).